LA OBRA
Un espectáculo montado en clave de realismo como fórmula interpretativa basada en la “máscara contemporánea” desarrollada por Juan Carlos Sánchez: el soliloquio.
Un mismo objetivo; la risa, la sonrisa y la carcajada del público, así como un toque de realidad muy profunda.
Siete vidas, siete ventanas abiertas a través de las cuales reflexionamos desde el humor acerca de las vidas humanas; la miseria, el cariño, el humor, la soledad, la incomunicación, el dolor, la mentira, el amor, el miedo, el sueño, de las personas que nos rodean.
No hacen falta grandes decorados ni espacios gigantes para acercarse al hecho teatral, una propuesta sencilla en un espacio vacío, donde todo el peso recae en el trabajo de los actores.
El teatro se alimenta, fundamentalmente de vida: nuestras experiencias, nuestros hábitos, nuestros sentimientos...con todo esto vestimos a nuestros personajes, para que el espectador reciba ese pedacito de verdad; sin esa verdad –que de alguna manera siempre debe estar presente- creemos que el teatro no tiene sentido.
El público desarrollará el sentido crítico...
El Teatro no se entiende en toda su dimensión hasta que no se levanta el telón ante un público o se encienden las luces que marcan el comienzo de la representación. Por ello nuestro fin pragmático es la muestra pública del trabajo que se ha venido desarrollando.
Un espectáculo montado en clave de realismo como fórmula interpretativa basada en la “máscara contemporánea” desarrollada por Juan Carlos Sánchez: el soliloquio.
Un mismo objetivo; la risa, la sonrisa y la carcajada del público, así como un toque de realidad muy profunda.
Siete vidas, siete ventanas abiertas a través de las cuales reflexionamos desde el humor acerca de las vidas humanas; la miseria, el cariño, el humor, la soledad, la incomunicación, el dolor, la mentira, el amor, el miedo, el sueño, de las personas que nos rodean.
No hacen falta grandes decorados ni espacios gigantes para acercarse al hecho teatral, una propuesta sencilla en un espacio vacío, donde todo el peso recae en el trabajo de los actores.
El teatro se alimenta, fundamentalmente de vida: nuestras experiencias, nuestros hábitos, nuestros sentimientos...con todo esto vestimos a nuestros personajes, para que el espectador reciba ese pedacito de verdad; sin esa verdad –que de alguna manera siempre debe estar presente- creemos que el teatro no tiene sentido.
El público desarrollará el sentido crítico...
El Teatro no se entiende en toda su dimensión hasta que no se levanta el telón ante un público o se encienden las luces que marcan el comienzo de la representación. Por ello nuestro fin pragmático es la muestra pública del trabajo que se ha venido desarrollando.
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